LA ESPIRITUALIDAD PROHIBIDA XI
Julio 30, 2008 por Webmaster
Por Félix Sautié Mederos. E-Mail: fsautié@yahoo.es
Cuando han transcurrido más de 50 años (escribo en abril del 2008) de aquellas épocas en que me debatía sobre mi vocación religiosa y las aciagas circunstancias que de joven me rodeaban en La Habana de entonces caracterizada por el régimen que se ha dado en denominar el Batistato, conmocionado por las muertes, las torturas y las amenazas de una sangrienta tiranía que ahogaba el pensamiento y la vida de la gran mayoría del pueblo cubano, comprendo más nítidamente que la búsqueda de la verdad se ha mantenido como una constante en mi vida. También se me hace muy evidente que el hecho de haber querido y de querer encontrar esa verdad que me apasiona ejerciendo mi propio pensamiento sin dependencias onerosas, ha sido el motivo que ha determinado que las agrupaciones sectarias de personas con poder sobre los destinos de mi existencia terrenal, desde entonces a la fecha y siempre con persistencia, me han visto como alguien inconmensurable en su pensamiento al que hay que tratar con pinzas para mantenerlo a raya. Un importante burócrata con mucho poder, hace ya unos cuantos años, dijo sobre mi persona durante un análisis de cuadros que pudieran cubrir ciertas responsabilidades muy importantes, que yo era una persona impredecible en mi pensamiento y que había que tener mucho cuidado conmigo.
Eso los supe un tiempo después por boca de algunos amigos que habían estado en aquella reunión. Era una condena por motivo de mi pensamiento cristiano y propio, que no seguía la corriente de lo establecido por lo establecido. Ya entonces había tenido algunos encontronazos por discrepar y por tratar de buscar la verdad por mi cuenta. Eso no lo perdonan las personas autoritarias con poder, ya sea social, político o incluso religioso. Ellos se mantienen enquistados en sus propios esquemas. Ponen por encima de la razón a las lealtades hacia quienes detentan las máximas posiciones en los sistemas de diversos signos, que luchan por establecerse o que se encuentran establecidos y no a las ideas, ni a los conceptos básicos para buscar la justicia social en contradicción con lo que dicen al respecto. Aquello, pienso hoy sin miedo a equivocarme que, con otras características formales, estaba presente en algunas mentes importantes del mundo eclesiástico en donde me movía en la época en que mi vocación religiosa comenzó a radicalizarse como resultado de los problemas que pululaban a mi alrededor. En esta dirección muchos años después, con motivo de la publicación en España de mi novela testimonio SIN TIEMPO PARA MORIR, en su prólogo, quien es mi maestro en teología, el teólogo y sacerdote español Don Benjamín Forcano, en su prólogo a este libro, escribió un párrafo en el que analiza y describe estas situaciones personales con gran profundidad de análisis tanto en aquella época como en las coyunturas más actuales, y cito en extenso: “Para quien se mueve un poco en el campo de la teología, enseguida descubre en Lino, (habla del personaje que me representa en toda la trama testimonial de la novela) una plasmación emblemática, de lo que ha sido ‘forma mentis’ de muchos siglos de cristiandad: una recopilación estricta de las severas consignas del Kempis. En ese mundo, primero de ambiente integrista batistiano; y después de ambiente revolucionario fidelista; la mentalidad dominante era dualista (espíritu contra cuerpo, fe contra razón y ciencia, sociedad contra Iglesia, cielo contra tierra), despersonalizante, alienante y alienadora, legitimadora de iniquidad establecida, es decir, atemporal y contrarrevolucionaria. Cosas estas que el protagonista, vive y analiza, y resuelve según lo mejor de la teología moderna.‘Sin Tiempo para Morir’ es un ejemplo vivo, testimonial, de cómo una persona honrada, con naturalidad aunque conflictivamente supera la dictadura de la institución religiosa, anteponiendo a normas y dictados –pseudo revestidos de sacralidad divina- la norma radical de la propia conciencia.La institución puede lanzar su ‘anathema sit’, pero la conciencia mantiene su fidelidad y la mantiene en este caso, convertida en desconcertante paradoja. Porque al anatema eclesiástico, hay que añadir el anatema del poder revolucionario, que mantuvo por mucho tiempo el dogma –soviéticamente importado- de que quien quiera ser religioso no es científico, cuerdo ni normal.Es la novedad de un militante revolucionario, ciudadano como los demás, pero cristiano, que excluido o alejado de la Iglesia oficial, estigmatizado y tolerado en los cuadros del Partido, emerge en ese marco de la sociedad cubana y rompe, con la nuda fuerza de su dignidad, con esa fuerza que opera en la propia intimidad, las irracionalidades y los dogmas de una y otra parte.” Debo decir que todavía hoy cuando ya de viejo, actúo dentro de la realidad en que me desenvuelvo, percibo que ese pensamiento de los que tienen poder y responsabilidades en relación con mi persona, se encuentra vigente, porque en el medio histórico en que me he estado realizando, muy a pesar de todo lo que se dice sobre la importancia del pensamiento propio, de las ideas y de las convicciones que se apegan a la razón que nos ofrece la verdad existencial que tanto se plantea buscar, contradictoriamente con lo que se expresa, lo determinante en cambio, de forma muy sutilmente presentado, es un complejo sistema de lealtades personales que incluso deben pasar por encima de toda convicción, de cualquier norma de la moral, e incluso de la justicia. La lealtad hacia las personas que detentan responsabilidades, es lo determinante para que uno pueda ser considerado alguien confiable dentro del denso sistema funcional que ha actuado y que actúa en el interior del conglomerado social en que he estado inmerso hasta hoy. En estas circunstancias, he visto como con el tiempo se me han vedado internamente dentro del país las posibilidades de publicar mi pensamiento, así como mis consideraciones incluyendo a mis crónicas sobre la realidad que percibo a mi alrededor. En los medios de comunicación locales me tienen totalmente borrado. Esto fue lo mismo que me sucedió con las instancias educacionales en que me estaba formando y con los poderes espirituales de aquella época de los años 40 y 50 por causa de una radicalización que poco a poco me fue sacando del pietismo enajenado de mis primeros años en la Cruzada Eucarística. Ha sido y es un problema persistente y una verdadera pandemia nacional mantenida en el tiempo, el hecho de que el pensamiento que no coordine con los criterios oficiales establecidos es borrado e ignorado completamente, hasta el punto de llegar a la negación de cualquier posibilidad de desarrollo intelectual que pueda manifestarse en la persona que haya sido excluida. Estas descalificaciones reciben el beneplácito y el reconocimiento de toda una cohorte de personas que se encargan de repetirlas, ponderarlas y magnificarlas incluso más allá de sus proporciones inicialmente concebidas. Constituyen además, una constante inculpación de los demás y del pueblo en general como los que de forma directa o indirecta causan todos los males que se presentan en la sociedad; mientras que cualquier cuestión o resultado que sea exitoso, se le achaca a la genialidad de los que tienen todo el control de los timones de mando al frente del conjunto social o de la agrupación de que se trate. Para estas concepciones, el pueblo que es en realidad quien lo trabaja y lo forja todo, debe recibir lo bueno que se gesta como dádiva de quienes dirigen. Yo choqué entonces con la ideas de un catolicismo dogmático y cerrado muy influido por el Nacional Catolicismo, que esencialmente justifica todo lo que hicieran o dijeran sus jerarquías sin ir a la profundidad del mensaje evangélico en sus verdaderas esencias y mucho tiempo después me encontré con estas mismas formas de pensar y justificaciones pero con otros signos ideológicos, dentro del sistema socio político por el cual he luchado en los últimos cincuenta años. Sobre estas circunstancias escribiré en los capítulos correspondientes a la época y al tema. La influencia de lo que había conocido por confidencias del Hermano Ramón Lorenzo en cuanto a su vocación y a su entorpecida necesidad de poder expresarse como religioso, de forma autóctona conforme a nuestra historia y nuestra identidad nacional, desde los primeros momentos me apartó de todo deseo de seguir sus pasos en la Congregación en que me estaba educando. Era un ambiente integrista que en aquella época no podía calificar adecuadamente, dadas mis posibilidades de análisis del momento, las que en el fragor del desenvolvimiento de mi vida y durante las adversidades y complejas circunstancias por las que he atravesado, se fueron desarrollando en una forma radicalizada a favor de los anhelos y problemas de las clases desposeídas de todo. Por otra parte dentro del ambiente federado de la Acción Católica, más liberal y consecuente con todo lo que anteriormente había vivido dentro de los muros cerrados de aquel colegio religioso, junto con otros compañeros que coincidían conmigo en diversas acciones y responsabilidades, pudimos llegar a la conclusión de que Cuba necesitaba un clero criollo en las instancias sacerdotales que lograra un verdadero florecimiento de una Iglesia, que desde épocas de la Colonia Española no había logrado centrarse en su verdadero papel junto al pueblo tomando muy en cuenta su verdadera identidad nacional. Todo esto muy a pesar de lo que en la historia nacional había significado el Obispo Espada, el padre José Agustín Caballero, el Seminario San Carlos, Félix Varela y otros tantos católicos del pasado. Era necesario que se predicara en “cubano” y que la Evangelización se “inculturara” con la idiosincrasia del cubano medio. Mi toma de conciencia en lo relacionado a mi definición vocacional, logró cuerpo conceptualmente asumido, dentro de mis actividades en la Acción Católica. En este sentido la posibilidad de asistir como delegado de la JEC a la IX Concentración Nacional de Acción Católica Cubana, que se realizó en Santiago de Cuba en Octubre de 1954, fue para mi una oportunidad muy importante. Aquel evento se programó en medio de un ambiente político que cada vez se complicaba más y un año después en 1955, puedo decir que tomé definitivamente conciencia de que debía seguir tras mi vocación sacerdotal durante los Ejercicios Espirituales que en la Casa de Ejercicios del Colegio de Belén realizamos en abril de 1955 los miembros del Grupo de La Juventud Estudiantil Católica, JEC, del Colegio. Aquellos ejercicios espirituales nunca los olvidaré porque calaron profundamente en mi espiritualidad y fueron un colofón de mi desarrollo dentro de la Acción Católica Cubana en medio de las consideraciones que como consecuencia de mi participación en la IX Concentración de Acción Católica, se habían asentado en mi conciencia en relación con la necesidad de vincular los sentimientos religiosos con la realidad existencial que me rodeaba por todas partes. Yo nunca había visitado Santiago de Cuba y los ecos del Asalto al Cuartel Moncada, con toda la carga de dolor que habían conmocionado mi alma de adolescente estaban muy vivas dentro de mi ser interior. Ya se habían celebrado las elecciones generales de 1954, en medio de un gran abstencionismo y todo continuaba igual o peor porque las fuerzas de la dictadura se habían afincado con el poder político en el país. Recuerdo que había seguido con gran atención los debates y las noticias que se planteaban por la radio y por la televisión nacional. Yo estaba muy interesado en la búsqueda de una salida que fuera pacífica a toda la problemática que vivíamos en el país, pero cada vez más comprendía que esas esperanzas mías tenían muy poco fundamento y que la guerra iba a ser una realidad inminente. Debo confesar que entonces aquellas ideas realmente me aterraban, pero algo en el fondo de todo me decía que iba a ser inevitable. Yo rechazaba participar en cualquier acto de violencia. Las ideas del amor, del perdón y de la sentencia evangélica que dice que quien a hierro mata a hierro muere, formaban parte de mi convicción pacifista. Hoy comprendo cuando analizo todo lo sucedido posteriormente, que a esas convicciones le quedaban poco tiempo de existencia dentro de mi ser interior, porque en el curso 1956 -1957 todo dio una vuelta definitiva en mi vida. Las circunstancias y mi actuación en consecuencia me convirtieron de un aspirante a fraile en un revolucionario activo. Por eso, para mi resultaba muy importante la posibilidad de asistir a un evento precisamente en Santiago de Cuba, porque consideraba que podía aportarnos ideas, conceptos y fuerzas para luchar pacíficamente por una paz con principios. Aquello se convirtió en un sueño que me hacía contar los días y las horas para que llegara la fecha del tan ansiado evento. Debo decir que el ambiente anticomunista nos embargaba por todas partes. Yo asimilaba todo lo que se nos planteaba desde las instituciones de la Iglesia al respecto, pero en mi interior me resistía totalmente a creer que los comunistas fueran realmente tan pérfidos y deshumanizados como se les pintaba. Me había criado en mi casa paterna en medio de un ambiente de diversidad de pensamiento y de tolerancia. Mi padre Víctor Sautié era un libre pensador y mi tío Narciso Sautié había sido uno de los fundadores de la CTC junto con el líder Lázaro Peña. Mi padre como ya he explicado era masón y mi otro tío cercano Ignacio Sautié era un católico prácticamente convencido, terciario franciscano que al final de su vida después de hermosas experiencias humanas terminó su peregrinaje como fraile franciscano. Aquello no me lo podía imaginar en la época que describo y uso el privilegio de contar estas cosas después de los años transcurridos, lo que me permite la profundidad en el juicio. En mi casa desde los años 40 eran muy frecuentes las visitas de mi tío Narciso con sus compañeros comunistas y yo conocí a Lázaro Peña y a Agapito Figueroa un importante líder sindical de los metalúrgicos en la terraza de mi casa. Lógicamente durante la época del Batistato esas visitas ya no eran frecuentes y solo venía mi tío Narciso de forma clandestina a entrevistarse con mi padre. De mi tío Ignacio la influencia era más persistente, pues él durante un tiempo de varios años trabajó en los negocios de mi padre. De todos los viejos Sautié, tíos míos, estos tres fueron los más cercanos y unidos, porque mis otros tíos Pedro, Panchón, Yoya me resultaban más lejanos. Eran consecuencias de una historia de familia, separaciones y otras circunstancias que no me considero con posibilidades de analizar. Simplemente eran y han seguido siendo. Incluso algunos primos apenas nos hemos conocido y nos encontramos en los velorios de nuestros respectivos padres. Pero regresando a la idea del tema yo me resistía a estar de acuerdo con aquel bombardeo propagandístico, porque la realidad que vivía en mi casa me hacía estimar a aquellas personas comunistas, en las que había percibido muy directamente una gran nobleza de vida y un sentido de la realidad muy distinto al que me decían en la propaganda que nos invadía por todas partes. También dudaba porque lo que paralelamente me decían sobre los masones, se negaba al ver por mi cuenta, la vida y las convicciones de mi padre a quien siempre tuve y tengo en un alto grado de valor moral que mantengo muy fresco en mis más íntimos sentimientos, aún después de su muerte cuando han pasado hoy muchos años de que se marchara para la Casa que no se Acaba en donde no me cabe la menor duda que habita junto al Padre Celestial. Los amigos masones de mi padre que eran visita frecuente a mi casa, por sus conversaciones y su forma de asumir la vida, en mi criterio muy personal no tenían nada que ver con las cosas que en la Iglesia preconciliar en que estaba inmerso me decían de ellos. Todas estas cuestiones concretas, me hacían dudar profundamente de las diatribas contra el comunismo y contra la masonería y las achacaba al integrismo que veía en aquellos religiosos y en aquel clero, lo que fue decisivo para mi convicción de que teníamos que forjar un clero distinto y que para eso nosotros deberíamos convertirnos en sacerdotes. Por fin llegó la fecha de la Concentración de 1954. Aquel año estaba dedicado a la Virgen María, a su coronación como Reina del cielo y de la tierra y en un editorial del Diario de la Mariana (Muy católico y de derechas) con motivo de la proclamación del Cuarto Aniversario del Dogma de la Inmaculada Concepción, se planteaban claramente aquellos conceptos anticomunistas de que les hablo y cito textual unos párrafo al respecto: “Desde aquella inolvidable celebración han transcurrido cuatro años de vida intensísima y continuos desvelos del Papa para la preservación, defensa y fortalecimiento de los valores del espíritu cristiano frente a las poderosas fuerzas del enemigo infernal comunista, que persigue implacablemente a la Iglesia para mejor lograr sus designios de esclavizar los pueblos.” Yo tenía una profunda convicción mariana, para mí María ayer y hoy cuando escribo estas notas siempre ha sido algo muy especial. Místicamente la he conservado en mi interior como una madre espiritual, como lo sumo de la belleza del espíritu, como el refugio en el que encuentro comprensión espiritual a todas mis dudas por lo feo del mundo. Realmente debo confesarles que nunca, ni aún en los momentos de mayores dudas y confrontaciones dentro de mi conciencia, he llegado a asociar a María con los dogmatismos, los inmovilismos y los integrismos de todo tipo. Es un sentimiento que tengo y que no podría explicar con la razón, ni aún hoy en que me ejerzo como teólogo laico de estudios académicos. Esos sentimientos cuando se anidan en nuestro interior no tienen explicación razonable, se hacen parte de nuestra existencia y eso así lo testimonio. Ya en Santiago de Cuba, debo confesarles que las sensaciones que se anidaron en mi persona, fueron encontradas unas contra otras. Todo en una extraña sucesión de conceptos y preocupaciones, porque me sentía genuinamente un joven de Acción Católica y pensaba que la solución del problema cubano comenzaba por la religiosidad de las personas, pero hubo un incidente que nunca olvidaré que incluso relato con todos sus detalles en mi novela testimonio Sin Tiempo para Morir que fue la incisiva conversación con un hombre de unos cuarenta y tantos años, santiaguero evidentemente por su acento, que sostuvimos un grupo de jecistas habaneros en la inmediaciones del colegio de Dolores en donde nos alojamos y donde se realizaron algunas de las reuniones de las comisiones de trabajo del encuentro. Sucedió que en uno de los recesos salimos a caminar varios de los amigos de la JEC que asistíamos al evento. Aquel hombre nos habló con ese tono de desenfado muy propio de los santiagueros, él era un vendedor ambulante. Sin presentarse y sin que mediara ninguna introducción nos habló al grupo que estábamos en torno a su carrito de venta de una bebida conocida como pru oriental, que por demás para nosotros los habaneros fue un verdadero descubrimiento. Lo que nos expresó en síntesis fue algo que ha quedado grabado en mi interior para siempre y que recuerdo además por la discusión que se originó entre los amigos que le oímos. Más a menos nos dijo lo siguiente, que como es lógico no puedo guardar textualmente, pero si el sentido del planteamiento que narro de forma novelada en el libro testimonio que les menciono: Ustedes tienen tiempo y dinero para poder participar en ese evento. (Todos estábamos identificados con solapines de la Concentración, además de que se sabía que muchas sesiones eran en el colegio de Dolores en el que también estábamos alojados, (En donde por cierto en su época, se habían educado Fidel, Raúl y Ramón Castro). Ustedes lo hacen como si fuera una actividad turística, pero no se han sentado a pensar, por un instante, que en este país todo sale del azúcar y que los que cortan caña y la producen viven como si fueran esclavos. Entonces uno de los que me acompañaban le respondió que en definitiva todos éramos hijos de Dios y que nuestra recompensa estaría en el cielo. Aquel hombre sin hacerse esperar le replicó que quien le respondía así, hablaba muy seguro de lo que decía, pero que no estuviera tan seguro porque nada sabemos de la recompensa después de la muerte y mientras tanto los vivos son los que se aprovechan. Recuerdo que la discusión fue animada incluso con pasión en tanto que el hombre se mostraba imperturbable y tranquilo. Aquel santiaguero de pura cepa, al final arremetió con una andanada resumen sin alzar la voz pero con gran firmeza, y nos dijo que mucha gente piensa que creyendo asegura la recompensa y mientras tanto hacen daño a los demás y se enriquecen pasando por encima del pueblo. Finalmente se despidió diciéndonos que en definitiva él solo era un simple vendedor de pru y que lo dispensáramos por la franqueza, pero que no dejáramos de ir a la Loma de San Juan para ver en los monumentos lo que allí había pasado. Donde se conmemoraba la entrada de las tropas norteamericanas en la Guerra de Independencia en 1898. Comenzó a empujar su carrito y se fue del lugar. No lo vimos nunca más y de seguro que hoy ya está muerto dado el tiempo que ha transcurrido desde entonces. En la actualidad, cuando medito sobre aquel incidente, me llama la atención la inteligencia de aquel simple hombre de la calle, quien en ningún momento hizo referencia alguna a lo que estaba sucediendo en el país con el Batistato, incluso puedo decir que sus palabras de entonces bien pudieran haber sido consideradas como neutras en lo referido al régimen de Fulgencio Batista, porque en definitiva inculpó a los ricos de siempre, del pasado, de aquel presente y del futuro. No obstante, con sus palabras tocó sensiblemente a la conciencia de los que éramos jóvenes y lo teníamos todo a nuestra disposición. En este mismo sentido, recuerdo que las sesiones de trabajo de la JOC, quizás fueron las más vibrantes pues las podíamos sentir en todo el ámbito en que estábamos concentrados y su lema siempre lo he tenido en mi mente, incluso , ya lo he mencionado en estos testimonios: NI BESTIAS NI MÁQUINAS HIJOS DE DIOS. En esta frase estaba encerrado el dilema, que bien pudiera denominarlo el enigma que posteriormente concentró los esfuerzos de mi acción social hasta el presente. Después de estas circunstancias y como resultado de todas las vivencias que he venido relatando en los anteriores capítulos puedo confesarles que ya me sentía que era otra persona aunque entonces no podía definir las verdaderas causas de estas sensaciones. Aquellas vivencias múltiples dentro de la Acción Católica, fueron de forma muy incipientes y tímidas las que terminaron de motivarme junto con otro condiscípulo que iba dos años por delante de mí en el Bachillerato de los Maristas de la Víbora, pero que dentro de la JEC coincidíamos en el trabajo de la Acción Católica, para buscar nuevos rumbos en el Convento San Juan de Letrán del Vedado. Nosotros conocimos de los dominicos en el trabajo de la Juventud Católica, y además el local social de la Federación de la Juventud Masculina de Acción Católica Cubana, se encontraba en la calle G No. 408 en el Vedado ( una dirección que nunca se me olvida) y esa ubicación se encuentra localizada apenas a unas cuadras de San Juan Letrán. Además los dominicos que habitaban el Convento en aquella época, estaban muy cercanos al trabajo de la JEC. El sentido de la búsqueda de la Verdad, de una vida de entrega al estudio y a la predicación, así como a sembrar ideas dentro del alma de las personas, se convirtió en casi una obsesión espiritual y práctica. La combinación de lo contemplativo que nos lconduce hacia el interior de nuestra alma y que desarrolla nuestra vida espiritual, junto con la acción decidida para evangelizar en medio del pueblo, junto con el talante abierto y comunicativo de los frailes de aquel convento, quienes no perdían oportunidad para hacerse visibles entre nosotros, fueron nuevos incentivos que me llevaron hacia San Juan de Letrán y de ahí a la lucha revolucionaria. Pero esto es para un próximo capítulo. Finalmente les reitero mi correo electrónico con el propósito de que puedan trasmitirme dudas, criterios, opiniones y preguntas: fsautie@yahoo.com


