LA ESPIRITUALIDAD PROHIBIDA XIV
Septiembre 27, 2008 por Félix Sautié Mederos
Por Félix Sautié Mederos. E-Mail: fsautié@yahoo.com
Tal y como expliqué en el capítulo anterior la vida mía experimentó un cambio total con la ruina de mi padre. Yo considero en la profundidad del tiempo que este cambio fue lo más extraordinario que ha podido sucederme en mi existencia, pues me sacó para siempre dentro de un ámbito burgués con el que poco a poco antes de esta contingencia de ruina, había ido entrando en contradicción de conciencia por motivo de la radicalización de mis convicciones cristianas que he venido explicando en los anteriores capítulos. Con la liquidación de las últimas propiedades de mi padre en La Habana y muy especialmente la casa quinta de tantos años, comencé a chocar directamente con actitudes de exclusión y menos precio. Entonces se hicieron evidentes, la falsedad y la hipocresía de personas que nos distinguían antes de que cayéramos estruendosamente en la escala social y nos convirtiéramos en ciudadanos desposeídos de sus bienes patrimoniales. Como resultado fuimos excluidos de los círculos en los que anteriormente nos movíamos. En aquellos momentos aciagos, una familia muy especialmente nos demostró una solidaridad y una amistad muy cercana y cálida, que fueron el Arquitecto que le hacía los proyectos a mi padre y su esposa, Abdón Coello y Esther González, ya fallecidos, a quienes nunca podré olvidar porque ellos se preocuparon porque mi hermano Rolando y yo pudiéramos continuar estudiando en el Colegio de la Víbora. Inicialmente solo estuvimos unos meses sin poder asistir a clases, viviendo y trabajando en la finca de Candelaria hasta que con el comienzo del nuevo curso escolar pudimos incorporarnos nuevamente. Considero que aquel golpe de fortuna, fue un factor que me sirvió para limar definitivamente los hábitos de vida y de consumo propios de quienes disponen de todo en abundancia. Comenzamos a vivir en una austeridad rasante que no nos permitía lujos de ningún tipo. En estas coyunturas comprendí que los años de mística y de ejercitación de la voluntad, me resultaron verdaderamente útiles porque me había forjado poco a poco en un sistemático desprendimiento de lo material y de lo que no es imprescindible, lo que me permitió afrontar aquella situación de una manera más positiva. Pude adaptarme con mayor rapidez que el resto de familia a pesar de lo molesto y de las penurias iniciales. Lo asumí en definitiva como algo que me acercó verdaderamente al ideal de la pobreza evangélica. Puedo decir que lo tomé con un sentido místico del cual nunca me he arrepentido y ahora cuando ya han transcurrido muchos años, comprendo que los hechos concretos que nos suceden en el peregrinaje de nuestra vida terrenal tienen una muy especial incidencia que no puede ser superada realmente por ninguna prédica, estudio o análisis intelectual por muy bien fundamentado y sentido que pudiera haberse expresado y asimilado.A veces hacen falta golpes duros en la vida, para forjar verdaderamente nuestro carácter y nuestra forma de conducirnos de una manera más realista y cercana a las virtudes que muchas veces proclamamos su necesidad y su razón de ser sólo en el plano teórico sin habernos probado en la existencia cotidiana. El carácter mendicante de los dominicos que había conocido en mis visitas a San Juan de Letrán y el voto de pobreza que los frailes y religiosos consagrados hacen cuando profesan, lo comenzaba a vivir en una práctica diaria de la cual no podía salirme aunque lo quisiera. Me sentí profundamente reconfortado y preparado para asumir aquella situación que nunca antes había podido imaginarme. Después de eso mi vida familiar y social cambiaron para siempre: Pienso que a la larga para ser mejor persona de lo que era antes. Son experiencias vitales que nos marcan decisivamente, sobre todo si no las tomamos con un rencor contra la vida y en cambio procuramos sacar las mejores enseñanzas de aquello que nos sucede. No es el mismo enfoque por más que nos esforcemos en lograrlo con toda la honestidad y la sinceridad que no sea posible, a favor de los pobres y los desposeídos, que el que adoptamos cuando nos convertimos nosotros mismos específicamente en pobres y desposeídos en la realidad. Entonces abogamos a favor de quienes no tienen fortuna suficiente síntiéndolo verdaderamente como parte de nuestra razón de ser. Esta es la profunda fundamentación del voto pobreza que realizan los religiosos consagrados. Fue entonces que en una elección realizada en el Grupo de la JEC del Colegio, cursando el Cuarto Año de Bachillerato, asumí su presidencia lo que resultó ser una experiencia novedosa en la historia de los Maristas de la Víbora, porque con anterioridad la candidatura que salía con más probabilidades era la de los que estaban en quinto año y ya terminaban el Bachillerato; pero en aquellos momentos se dieron una serie de circunstancias muy especiales, dada mi decisión de hacerme religioso y el enfoque político aprista de quien iba postulado como presidente en la otra candidatura, que además de ser una concepción verdaderamente desenfocada de la realidad nacional del momento, planteaba una acción muy secularizada que no coincidía con el sentido místico que tenía la directiva saliente. Muy especialmente de quien presidía el Grupo hasta esa elección, que estaba decidido a marchar a España para profesar como dominico. Aquella pequeña lucha fue muy interesante, porque junto a nosotros se agruparon elementos conservadores y elementos nacionalistas que querían otro desarrollo junto con algunos progresistas, realmente una composición extraña e inimaginable. Así fue como comencé en el mundo de la política del cual nunca más he podido apartarme. Un testimonio muy importante de nuestras concepciones de aquellos tiempos, me lo dejó escrito en el libro de control del Grupo, el presidente al que sucedí, con quien compartía sueños y afanes. Juntos visitábamos al Convento de San Juan de Letrán y juntos habíamos decidido profesar en la Orden de Predicadores de los frailes dominicos. Él había conseguido la autorización de sus padres para una vez terminado el Bachillerato, irse a España a los efectos de comenzar su formación como dominico. Cito textual a continuación el mensaje de mi amigo de entonces cuyo nombre es Gilberto Gutiérrez y a quien no he vuelto a ver en mi vida después de su viaje para el Noviciado: “Félix Sautié: aquí te dejo el árbol. Cuídalo de malas hierbas. Que no muera y que dé muchos frutos, que por esto los conoceréis. El Señor es la vid y el grupo es un sarmiento. Quien está unido a Él, es da mucho fruto. Sin Él nada podréis hacer.El ‘ex’ y tu nunca ‘ex’ amigo,Gilberto Gutiérrez. 8 de junio de 1956.” En un viejo manuscrito de la época Gilberto y yo analizamos la situación de aquellos momentos en Cuba, con vistas a fundamentar la decisión de profesar como fraile dominico. Yo considero, ahora cuando han transcurrido más de 50 años que vale la pena que sintetice algunos párrafos significativos de entonces para exponer los argumentos que movían nuestras decisiones por un camino muy especial en pos de la Iglesia, como centro de las soluciones que tanto necesitaba nuestro país. Gilberto marchó primero y con el tiempo dejó la Orden de Predicadores para quedarse ejerciendo como un profesional en España; mientras que a mí los avatares de la vida cotidiana en el país, en tanto que esperaba llegar a los 21 años para alcanzar la autorización de mis padres, me habrían de conducir definitivamente por el camino de la Revolución Social en el cual me he mantenido hasta la actualidad en que escribo este capítulo (mayo del 2008): “…La situación en Cuba es mala. Eso es una cosa que se ve. Es más, es una cosa tan clara, que todos la ven, mayor o menormente. Nadie tiene que decirlo. Pero la menor o mayor claridad con que se ve, y sobre todo las causas que la determinan, se ven mejor según Dios lo permita. Un barrendero sabe que ‘la cosa está mal’, pero no sabe por qué. Tú lo sabes (es Gilberto dirigiéndose a mi), y sabes que se debe al abandono espiritual, etc. Pero los medios para remediarla… ¡son tantos y tan variados! ¿Quién sabe cuál será lo cierto?….El 75 u 80 %, o más del clero en Cuba es extranjero. ¡Qué porvenir! La religión, la caridad no se impone por decreto ni se remedian formando un gabinete católico, que une a la Iglesia y el Estado, o simplemente lo favorece… ¿Resultado? …Esperemos que el gobierno dure ‘per Omnia secula seculorum’ o que caiga, y si se cabe… ¿Qué es un buen gobierno, sin base, el que levanta una nación carcomida? Tendrás un ‘bello sepulcro blanqueado’, pero no una nación redimida. Cuba permanecerá irredenta mientras no haya curas santos y en abundancia… Curas que enseñen al pueblo a respetar el tesoro público, a amar a la patria, a no matar, a rezar, a tener fe. Esto va por etapas Félix, no por saltos. Empecemos por la base. Hagamos curas santos.¡¡¡Seamos curas santos!!!QUIERO SEMBRAR…Sí, sí, SI, sembrar la semilla. Esa es nuestra misión. Sembrar, aunque no veamos los frutos; sembrar para que mañana otros Félix Sautié o Gilbertos Gutiérrez recojan el fruto ya maduro…Sembrar para cuando tú y yo seamos un par de ancianos poderle decir a un chico delgado, de pelo peinado hacia atrás, secretario o presidente de un grupo de A.C. que nos venga con un problema similar a este..:Sí, hijo mío, lánzate a salvar la patria. Vete a luchar por ella. Ni tú ni yo vamos a recoger los frutos ya maduros, que nosotros sembramos…Ve anda, hijo mío, que hace mucho, pero mucho tiempo, yo también creí que era el indicado, que era tiempo de recoger los frutos que aún no se habían sembrado. Yo también creí que había llegado mi hora, y sí, había llegado mi hora, La hora de sembrar estos frutos que tú ahora vas a recoger. Anda, y que Dios te bendiga, como yo lo hago.Nuestra misión, Félix, tú la has señalado, es la del Bautista: ‘Enderezar los caminos del Señor’…” Estas consideraciones conformaron nuestras profundas convicciones de entonces y tras ellas nos lanzamos a actuar por nuestra cuenta, Gilberto obtuvo el permiso de sus padres tal y como ya lo había planteado anteriormente, se decidió a marchar hacia lo desconocido: una nueva vida de postulante y de novicio en España. Fue una decisión propia con plena autonomía para tomarla y en contra de las tendencias de la época. Mientras que yo por mí parte tendría que esperar porque mi padre, como libre pensador y masón, me había dicho que cuando obtuviera la mayoría de edad podía decidir por mi mismo mi camino sin interferencias de ningún tipo. La posibilidad de la autonomía en las decisiones de juventud constituye un ejercicio político de insuperables posibilidades, que puedo contrastar con los condicionamientos con que hoy veo que actúan los jóvenes, pues la institucionalización de un sistema abarcador y hasta cierto punto autoritario condiciona a la consulta y a la dependencia. En definitiva, en la práctica actual, solo se impone lo que se encuentre en concordancia con lo establecido. Entonces se producen desencantos, desinterés y una especie de vacío intermedio que ha ido dañando el consenso entre generaciones que deberían unas tras otras habernos relevado a las primeras generaciones que iniciamos el proceso social cubano contemporáneo. Esto se debe en mi opinión al continuismo dentro de los límites establecidos por parte de un poder abarcador que no permite verdaderos espacios de desarrollo en lo político, aunque los niveles de información y de instrucción cultural y científicos se hayan elevado considerablemente, como nunca habíamos podido soñar. El hecho de no poder actuar por sí mismos y en plena libertad de opción, de tener que partir siempre de concepciones establecidas por muy justas y adecuadas que sean, determina que las convicciones no resulten verdaderamente asumidas, sino aceptadas con cierta comprensión en el mejor de los casos. Estos procedimientos que ahogan la autonomía en las actuaciones de los jóvenes, en sentido general han determinado una cierta disensión que estimula una tendencia al escapismo y con toda la sinceridad posible puedo decir que constato que muchos, muchos jóvenes nos ven a los que actuamos en los procesos revolucionarios que se desarrollaron en la década de los años 50 del siglo pasado y que todavía tenemos alguna presencia pública, como personas detenidas en el tiempo y aferradas a concepciones del pasado que no se han actualizado consecuentemente. Yo sé que a muchos de los mi generación y de las generaciones posteriores que inmediatamente nos sucedieron, no les agrada que estas cuestiones se planteen claramente porque en la realidad se han quedados detenidos en el tiempo, con la concepción de que todos los cambios posibles ya se realizaron a partir de 1959 y que en Cuba logramos el estatus político ideal. Esto determina que quienes han venido surgiendo dentro de nuestro proceso social en la medida que el tiempo ha avanzado y que las grandes transformaciones y epopeyas del proceso se han ido culminando, han experimentado un vacío participativo que se acentúa con la no posibilidad de pensar por sí mismos dado que ya todo se mantiene como establecido sin alternativas de movimiento, desarrollo, nuevas y necesarias transformaciones o cambios dada la dialéctica de la vida. La calidad en el trabajo de la producción y de los servicios se ha resentido seriamente porque falta la motivación para el esfuerzo, la convicción de que se realiza por propia voluntad y se manifiesta el hecho de que muchos se encuentran cumpliendo actividades, misiones y tareas que no han adoptado en virtud de su libre albedrío, sino que han sido designados en razón de criterios, mecanismos de selección y en el mejor de los casos de compulsión externa. Además el sistema en su conjunto ha establecido una especie de techo que no es posible rebasar, lo que determina que sea muy difícil el florecimiento de la esperanza de lograr un verdadero mejoramiento en la condiciones de vida a partir del propio esfuerzo. Solo les queda a las personas esperar a que el Estado distribuidor único y mecenas universal sea quien determine las únicas posibilidades de desarrollo. Esto constituye un verdadero fatalismo de proporciones y consecuencias inconmensurables. En la época que les estoy relatando de los años 50, en medio de las pésimas condiciones políticas que entonces sufríamos; y a pesar de todo lo adverso del medio, los jóvenes podíamos tomar nuestras propias decisiones por nosotros mismos. Incluso optar por la ruptura con todo lo establecido asumiendo las consecuencias que pudiera traernos nuestra decisión de hacerlo y dedicarnos a luchar contra el sistema político, tal y como muchos lo hicimos. Hubo quienes sufrieron torturas, maltratos e incluso entregaron definitivamente sus vidas. Ahora todo eso, debido a una muy especial concepción de la actividad juvenil, se mantiene dentro de determinados marcos de referencia muy especiales que lo conciben todo como ya logrado definitivamente. El Estado se ha convertido en una gran probeta de cristal que aísla a las personas de las verdaderas realidades y que procura resolverlo todo por su cuenta. Se ha desarrollado una estructuración organizativa abarcadora que no deja espacios adecuados para el ejercicio de la libertad de conciencia, libertad de pensamiento y el libre albedrío en sentido general. Estos marcos de referencia de hoy, no podrían confundirse con los que rompimos en los años 50 del siglo pasado. Todo se ha pretendido estructurar de forma tan cerrada desde los primeros años de la educación hasta la universidad, que se han formado múltiples generaciones constreñidas a sólo recibir la orientación y las normas procedentes y originadas en las cúspides del proceso. Aquel planteamiento de Ortega y Gasset y de otros pensadores y filósofos de su época, de que hay generaciones que en su paso por la vida ahogan y eclipsan a otras generaciones, es una verdad que puedo comprobar hoy en la profundidad del tiempo y en la práctica concreta, a partir de todo lo que he vivido. Por ese camino de pobreza circunstancial comencé definitivamente a desenvolverme de nuevo en mis responsabilidades cotidianas, ya había llegado a ser uno de los dirigentes en el Secretariado Diocesano de la Habana y en el Secretariado Nacional de la JEC. Mantenía mis decisiones vocacionales, actuaba dentro de la Acción Católica y frecuentaba al convento San Juan de Letrán, hasta que se produjo el asalto al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957 y como consecuencia posterior la matanza criminal por parte de la policía batistiana de algunos de los principales líderes estudiantiles universitarios en el edificio de apartamentos ubicado en la calle Humboldt No. 7 en La Habana. Aquello creó una profunda consternación en el pueblo y muy especialmente en la juventud. En estas coyunturas durante una misa dominical a la que yo asistía en la Iglesia de San Juan Bosco en la Víbora, se me acercó un joven que me conocía a mí pero yo no a él, de apellido Castellanos ( no sé si era un nombre real o un seudónimo porque después no lo volví a ver) y me habló en nombre del Frente Estudiantil Nacional una organización clandestina que estaba encabezada por el Movimiento 26 de Julio (organización insurreccional que dirigía Fidel Castro para enfrentar la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista) y me increpó que si yo a partir de mis convicciones cristianas me iba a mantener indiferente a aquellos crímenes. El planteamiento fue un aldabonazo a mi conciencia, tal y como se decía en aquella época. Yo le respondí que condenaba todos los crímenes y que no podía transigir con ellos. Entonces aquel enviado me dijo, que lo único que me pedían era que yo desde mi plantel llamara a un paro de condena por parte de los colegios católicos habaneros. Me planteó la fecha. Yo di mi palabra y cumplí con ella; convencido, como aún lo estoy hoy, de que actuaba por llamado de mi conciencia. Como resultado fui expulsado de los Maristas de la Víbora, lo que constituyó un duro golpe para mis padres y para los amigos de mi familia que habían dado la cara por Rolado mi hermano y por mí. El golpe fue fuerte porque entendieron que era una injusticia aquella expulsión motivada por el miedo a complicarse en la situaciones internas del país, tan agravadas, dejando en estado de indefensión a un alumno que siempre se había comportado correctamente, que obtenía muy buenos resultados docentes, que era muy piadoso, que se preparaba para profesar como religioso y que había actuado conforme a la vergüenza y la dignidad nacional condenando un execrable crimen que había conmocionado a todo el país. Más injusta aún fue la expulsión de mi hermano Rolando junto conmigo, porque él no había participado en nada, pero en definitiva en aquella decisión también puedo expresar que la actuación por parte del director que la tomó el Hermano Julio ya fallecido hoy, en el criterio de mis familiares, se debió fundamentalmente al hecho de que nosotros dos estábamos becados y así se quitaban una carga de arriba, que en aquellos instantes además se les hacía políticamente conflictiva. Yo de inmediato me decidí a continuar en la lucha en que la vida me había implicado y no regresar más a aquel colegio, aunque por gestiones del matrimonio Coello-González que tan generosamente me había acogido, la Dirección del plantel recapacitó un poco en su decisión y planteó que nosotros podíamos regresar. Esto fue dos semanas después del hecho, pero tanto yo como mi hermano Rolando decidimos no regresar. Ambos, dado que la enseñanza entonces era por el sistema que se denominaba Incorporado y los colegios privados estaban supervisados por los Institutos preuniversitarios del Estado, que eran las entidades que nos examinaban y que expedían nuestros títulos, podíamos continuar estudiando en aquellas instituciones, las que por demás mantenían una gran rivalidad con los colegios privados. Por otra parte en ese ínterin de tiempo, mi padre movió algunas relaciones que aún le quedaban, principalmente las de su amigo Calixto Cruz liberal que durante muchos años había sido vecino nuestro mientras que vivíamos en la quinta de Arroyo Apolo, del cual ya he hablado en capítulos anteriores. Este señor era un cercano colaborador de Rafael Güas Inclán vicepresidente de la República y estaba muy vinculado al régimen, lo que le posibilitó en esa oportunidad evitar que hubiera represalias hacia mi persona, lo cual fue algo muy importante y decisivo para mí en aquella época. Comencé a estudiar en el curso nocturno del Instituto de la Víbora, para terminar el quinto año de Bachillerato hasta que definitivamente se cerraron todos los centros estudiantiles de Cuba como resultado de la grave situación política. A la vez comencé a trabajar de día como agente de seguros y mi hermano Rolando en la tintorería habanera Chantres que estaba en el Vedado. También los dos hermanos juntos, pudimos mudarnos para un pequeño apartamento en la Víbora cercano al entonces paradero de la Ruta 15 de la Cooperativa de Ómnibus Aliados. Mis relaciones cambiaron totalmente. En el Instituto conocí a un nuevo conjunto de amigos; mientras que para muchos de mis condiscípulos de los Maristas comencé a ser un verdadero apestado y procuraban no encontrase conmigo en ninguna circunstancia, pero de esa nueva etapa de trabajador estudiante y de activista revolucionario comenzaré a escribir en el próximo capítulo. Finalmente les reitero mi correo electrónico con el propósito de que puedan trasmitirme dudas, criterios, opiniones y preguntas: fsautie@yahoo.comUnicornio, domingo 11 de mayo del 2008


